Diana Gómez sobrevivió más de 4 años secuestrada por el grupo paramilitar AUC durante su juventud. Desde hace algunos años, comparte su testimonio como una forma de generar conciencia y sanar heridas. Su historia la grabamos para nuestro podcast “Le copio a la inspiración”.

Queremos rescatar algunos apartados de la impactante vivencia de Diana porque creemos firmemente en el poder transformador de la escucha empática, la reconciliación y las segundas oportunidades para quienes buscan rehacer sus vidas tras años de horror.

El fenómeno del reclutamiento forzado en Colombia

El reclutamiento forzado en Colombia ha sido una dolorosa realidad que ha afectado a miles de personas, especialmente a niños, niñas y adolescentes, durante más de cuatro décadas de conflicto armado. Según los datos del informe del caso 07 de la JEP, desde 1996 hasta 2016, se han registrado 18.677 víctimas de reclutamiento forzado, presentando una mayor intensidad en los departamentos de Meta, con 2.977 víctimas (18 %); Antioquia, con 2.346 víctimas (14 %); Guaviare, con 1.105 víctimas (7 %); Caquetá, con 1.063 víctimas (6 %), y Cauca, con 838 víctimas (5 %).

Este delito es perpetrado principalmente por grupos guerrilleros, paramilitares y bandas criminales que recurren a esta práctica como medio para fortalecer sus filas y llevar a cabo sus agendas violentas. Lastimosamente, en la actualidad este es un fenómeno que se sigue presentando de acuerdo con las cifras de la Defensoría del Pueblo en el año 2023, que registran 184 casos de reclutamiento forzado. 

Según el informe final de la Comisión de la Verdad, ser víctima de reclutamiento forzado tiene serias implicaciones para la vida de las personas reclutadas y sus familias. Las víctimas son obligadas a participar en prácticas de guerra y son expuestas a tratos crueles e inhumanos que pueden dejar secuelas para toda la vida. De igual forma, esta práctica desarticula a las familias y las somete a un profundo sufrimiento, a su vez que las convierte en blanco de amenazas por parte de otros grupos armados que consideran a los familiares de las personas reclutadas como enemigos.

Las víctimas del reclutamiento forzado suelen provenir de comunidades vulnerables, donde la presencia estatal es débil y las oportunidades escasas. Muchas personas jóvenes son engañadas, intimidadas e incluso secuestradas para unirse a las filas de estos grupos armados. Una vez dentro, se ven obligadas a participar en actividades criminales, enfrentarse a situaciones extremadamente peligrosas y renunciar a su libertad y dignidad.

La historia de Diana es una de las muchas otras historias de personas, mujeres, niñas y niños a quienes les arrebataron su libertad y les obligaron a participar de los horrores de una guerra que no era suya. Su relato nos invita a reflexionar y comprender que los estragos de la guerra nos alcanzan a todos y todas. Nos recuerda que jamás debemos permitir la repetición de tales atrocidades.

La odisea de supervivencia y redención de una excombatiente

Todo comenzó con una, aparentemente, inocente invitación de una compañera de universidad a una finca para pasar el fin de semana. Diana Gómez, una joven estudiante y madre soltera de un niño de 5 años, aceptó con emoción sin saber que se dirigía directo a una trampa. “Vamos a pasarla chévere, será una parranda”, le prometió su amiga, quien resultó ser informante de las AUC, el grupo paramilitar responsable de miles de muertes en el conflicto armado interno colombiano.

Era 1995 y lo que siguió fueron 4 años 6 meses y 8 días secuestrada en las entrañas de esa maquinaria de guerra y muerte conocida como las Autodefensas Unidas de Colombia.

La vida de Diana cambió drásticamente, junto con otras 16 compañeras que también fueron secuestradas.

“Nos bajaron de la camioneta, nos hicieron quitar la ropa a punta de machete y nos vistieron con uniformes militares”, relata Diana. Los secuestradores las trasladaron a un campamento donde las esperaba el comandante paramilitar. Una a una, fueron llamadas a una especie de juicio sumario donde tenían toda su vida expuesta en un dossier. Fotos familiares, actividades cotidianas, datos íntimos…todo lo necesario para ejercer control y sometimiento mental.

“Cuando abrí esa carpeta, lo primero que vi fue una foto de mi pequeño hijo. Eso me desbarató”, recuerda Diana.

De ese modo inició su entrada al violento inframundo de los paramilitares, viéndose obligada a ser testigo, víctima y verdugo de lo más bajo.

El primer castigo para doblegarlas fue enterrarlas vivas durante 3 días con el cuello asomando y sus cuerpos cubiertos con rocas. Diana apenas tenía un pequeño orificio para respirar y ver, pero cuando le daba el sol, su ojo expuesto se le quemaba.

Sus necesidades fisiológicas se hacían encima. Los insectos aprovechaban para picarlas sin tregua bajo tierra. Al sacarlas, sus cuerpos no respondían tras ese suplicio sensorial extremo. Diana temblaba sin control, deshidratada, su mente al borde de la desesperación.

Hubo golpes brutales para someter su voluntad. Hubo cinco abortos forzados por los constantes abusos sexuales. Hubo tres intentos de suicidio como vía de escape. Y, sobre todo, su esperanza se fue apagando poco a poco ante la cotidianidad de la violencia 

“Vi como violaban y si te oponías te mataban”, relata con impotencia. Hasta que un día se interpuso para impedir la violación de un niño y recibió una puñalada en el brazo por “desobedecer”. El paramilitar solo le advirtió fríamente que no se metiera “en lo que no le importa”. La cicatriz quedó oculta bajo un tatuaje con los nombres y cumpleaños de sus hijos.

Ser mujer en la guerra

La mujer tiene una carga mayor a los hombres en las filas paramilitares, según relata Diana. Cargar leña desde un kilómetro de distancia mientras se tiene el periodo usando medios improvisados para contener el sangrado, mientras los perros y los insectos se te pegan, es un tema que a los hombres no les preocupa. Ellas debían escarbar hoyos para enterrar las mazorcas que usaban como medio improvisado y evitar que los perros del ejército detectaran su sangre.

Mientras tanto, su familia en Bogotá no sabía nada de ella. Y su pequeño crecía llamando “mamá” a su abuela ante la ausencia de su progenitora.

Volver a la vida

Tras múltiples traslados y años viviendo este calvario, Diana pudo escapar y reencontrarse fugazmente con su familia. Sin embargo, solo pudo estar un día con ellos antes de que los paramilitares la secuestraran de nuevo.

Volvió a las filas paramilitares hasta su desmovilización. De regreso a la vida civil, Diana se encontró como una extraña tanto en su propia familia, como en la sociedad. Su hijo no le tenía confianza, su madre casi no la reconocía, y los vecinos la rechazaban y estigmatizaban por su pasado.

“Fue como empezar de cero, tener que reconstruir el amor y la confianza con mi hijo después de haberlo ‘abandonado’ por casi 5 años. Cada abrazo o beso se sentía incómodo al principio, él me veía como una extraña. Volver a ganarme el amor de mi hijo fue lo más difícil. Le costó años volver a confiar en mí como madre”, afirma.

El reto de la reinserción

Además de los desafíos familiares y económicos, Diana ha tenido que lidiar con su pasado al juzgarse a sí misma. Ella sabe que fue victimaria por haber estado en un grupo armado, pero ante todo fue víctima de un sistema que la arrancó de su juventud. Como miles de excombatientes en contextos de guerra, merece la oportunidad de reescribir su historia.

Diana ejemplifica que la redención es posible cuando existe apertura, apoyo y voluntad genuina de reconciliación; pero no siempre la hay. También está la mirada estigmatizante de la sociedad que rechaza a quien viene de la guerra. Diana lo ha sufrido en carne propia: “He estado en espacios académicos sobre construcción de paz donde me rechazan por mi pasado”.

Ese estigma les impide rehacer sus vidas; sin embargo, Diana insiste en que ella y otros combatientes son seres humanos que merecen una segunda oportunidad. Por eso resalta la importancia de generar conciencia y entendimiento. “Si conocieran nuestras historias, cambiarían de opinión”, sentencia.

Reconstruyendo la vida

Poco a poco, Diana fue reconstruyendo los pedazos rotos de su vida. En el camino, encontró muchas personas que le apoyaron. Se formó una carrera, encontró sustento trabajando en proyectos sociales, y eventualmente creó su propia fundación “Manos para la Reconciliación” para ayudar a mujeres desmovilizadas como ella a reintegrarse en la sociedad.

“Manos para la Reconciliación es una organización a la cual amo, me ha hecho reír y también llorar mucho porque a veces me siento impotente porque no tengo ayuda”, dice Diana. Inicialmente los vecinos rechazaron a las desmovilizadas en su barrio y firmaron una carta para sacar la fundación, pero Diana comenzó a entrar en conversaciones y hoy día recibe muchos apoyos de la vecindad.

El teatro como escenario de sanación

Diana sobrevivió a la odisea de la selva, pero no así el resto de sus compañeras secuestradas. Como ella misma lo expresa con dolor: “Salimos solo tres mujeres vivas tras la desmovilización. Pero a las otras dos el trauma las consumió: una se suicidó hace año y medio, la otra hace seis meses. Éramos diecisiete…solo quedo yo”.

Su mayor catarsis vino de la mano del teatro. Para Diana, se convirtió en el vehículo sanador de tantas heridas mal cerradas.

“Me reconcilié con el pasado y con esos hombres que abusaron de mí. Ahora los he perdonado”, afirma.

Hoy Diana es una orgullosa lideresa social que comparte su testimonio para concientizar sobre los horrores de la guerra. Su historia es una invitación a la empatía, la reconciliación, la esperanza y la construcción de un futuro en paz. Su vida resume la capacidad humana de convertir el dolor en esperanza.

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